En Puerto Rico, los titulares se repiten con una frecuencia escalofriante: mujer asesinada por su pareja, feminicidio-suicidio, otro caso bajo investigación. La noticia más reciente desde Peñuelas —donde un joven de 20 años presuntamente asesinó a su pareja de 18 años antes de quitarse la vida— vuelve a estremecer al país y revela, una vez más, el fracaso de nuestras para prevenir lo prevenible.
Las medidas existentes para combatir la violencia doméstica no han sido suficientes. La declaración del Estado de Emergencia por violencia de género en 2021 fue un paso importante, pero quedó corta frente a la magnitud del problema. La creación de la Oficina de la Procuradora de las Mujeres y la Orden Ejecutiva 2021-013 han sido gestos institucionales, pero no han logrado traducirse en transformaciones estructurales sostenidas ni en protección efectiva para las víctimas. Muchas veces, más de las que deberían, las órdenes de protección se otorgan tarde; los agresores reinciden; y los servicios de apoyo psicológico, albergue o acompañamiento legal son limitados, fragmentados o ineficaces.
¿Qué nos falta? Acción real, voluntad política y prevención desde la raíz. Y también nos falta algo que suele pasar desapercibido: las personas con propuestas concretas, proyectos bien estructurados y experiencia directa trabajando con víctimas no están donde deberían estar —en las mesas donde se decide la política pública.
La distancia entre quienes diseñan la política pública y quienes conocen de cerca la realidad de las víctimas continúa siendo un obstáculo para lograr respuestas efectivas y sostenibles. Mientras esa brecha exista, seguiremos llegando tarde.
Cada feminicidio no es solo una tragedia personal; es una denuncia viva al sistema que no protegió a tiempo. No basta con reaccionar con comunicados o vigilias. Necesitamos un país que decida con firmeza que ni una más no es solo una consigna, sino una política de Estado real.
Porque si callamos el dolor, como bien dice la frase que tantas sobrevivientes han hecho suya, “nos matarán y dirán que lo disfrutamos.”
Puerto Rico debe despertar. La vida de nuestras mujeres no puede depender del azar, del silencio o de negligencia institucional.
A la familia de la joven víctima en Peñuelas, nuestras más sinceras condolencias. No hay palabras que alivien un dolor tan profundo, pero sí debe haber acciones que eviten que otra familia tenga que vivir esta misma pesadilla. Que su memoria no quede en el olvido, y que su nombre no se sume en vano a la larga lista de vidas arrebatadas.