Erradicar el hambre también por los animales

Por Jeremy Novoa

Hablar de erradicar el hambre suele llevarnos, de manera automática, a pensar en los seres humanos. En la niñez que sufre por la inseguridad alimentaria, en las familias que luchan por llevar un plato a la mesa o en los adultos mayores que muchas veces deben escoger entre comer o pagar sus medicinas. Pero hay otra realidad silenciosa que rara vez entra en la conversación pública: el hambre de los animales.

A diario, en las calles de nuestros pueblos y ciudades, vemos perros y gatos que sobreviven entre el cemento y la indiferencia. Ellos también sienten, padecen y esperan —sin voz— que alguien les tienda una mano. El hambre animal no se mide en estadísticas, pero está ahí, tan visible como ignorada.

Si aspiramos a una sociedad más justa y compasiva, la erradicación del hambre debe ser un compromiso que incluya a todas las formas de vida. El bienestar animal no es un lujo ni un tema secundario; es parte de la ética social que refleja quiénes somos como país. No se trata solo de alimentar, sino de reconocer el valor de cada vida y la responsabilidad que tenemos como seres humanos hacia los demás habitantes del planeta.

Existen comunidades, rescatistas y organizaciones que, con pocos recursos y mucha voluntad, alimentan y rescatan animales abandonados o promueven campañas de esterilización. Son ejemplos de empatía activa, de ciudadanía comprometida con una visión más amplia del bienestar colectivo. Pero esa tarea no puede recaer únicamente en la buena voluntad individual. Hace falta que los municipios, agencias y entidades educativas integren políticas y programas permanentes de apoyo, educación y protección animal.

Erradicar el hambre —humana y animal— requiere una mirada integral y solidaria. Porque mientras sigamos tolerando el sufrimiento de otros seres vivos, seguiremos arrastrando una parte de la indiferencia que impide el verdadero progreso social.

Al final, cuidar y alimentar a un animal hambriento no resolverá todos los problemas del mundo, pero sí transforma el mundo de ese ser, y con él, un pedacito del nuestro.

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