POR DRA. ANA CRISTINA ARBOLEDA
En el mundo moderno de la medicina, donde la precisión diagnóstica y la personalización del tratamiento son esenciales, la medicina nuclear ha ganado un lugar protagónico. A través de técnicas altamente sensibles, esta especialidad permite observar funciones corporales en tiempo real, detectar enfermedades en etapas tempranas y aplicar terapias dirigidas con gran efectividad y seguridad.
A diferencia de la radiología tradicional, que muestra la anatomía, la nuclear observa el metabolismo y la función celular. Utiliza pequeñas cantidades de sustancias radiactivas, conocidas como radiofármacos, que permiten identificar alteraciones en órganos y tejidos, incluso antes de que se presenten síntomas o cambios estructurales visibles.
Uno de los estudios es la gammagrafía, un procedimiento no invasivo que permite evaluar el funcionamiento de órganos como tiroides, corazón, pulmones, riñones, huesos e hígado, entre otros.

Cada año, se realizan más de 30 millones de estudios de medicina nuclear en el mundo, siendo las gammagrafías ósea, cardíaca y tiroidea las más frecuentes, según datos de la Society of Nuclear Medicine and Molecular Imaging (SNMMI).
Este examen es especialmente útil para detectar metástasis óseas en pacientes con cáncer, evaluar enfermedades cardíacas como la isquemia, diagnosticar hipertiroidismo o nódulos tiroideos y estudiar infecciones o inflamaciones articulares.
La gammagrafía ofrece imágenes funcionales altamente específicas y se asocia con una baja dosis de radiación, lo que la convierte en una herramienta segura, incluso en pacientes pediátricos o con patologías complejas.





