Por Jeremy Novoa
Hablar de erradicar el hambre suele llevarnos, de manera automática, a pensar en los seres humanos. En la niñez que sufre por la inseguridad alimentaria, en las familias que luchan por llevar un plato a la mesa o en los adultos mayores que muchas veces deben escoger entre comer o pagar sus medicinas. Pero hay otra realidad silenciosa que rara vez entra en la conversación pública: el hambre de los animales.
A diario, en las calles de nuestros pueblos y ciudades, vemos perros y gatos que sobreviven entre el cemento y la indiferencia. Ellos también sienten, padecen y esperan —sin voz— que alguien les tienda una mano. El hambre animal no se mide en estadísticas, pero está ahí, tan visible como ignorada.


