POR MICHELLE PEIRET
El cuerpo humano no fue diseñado para la quietud. Durante miles de años, moverse fue una condición indispensable para sobrevivir: caminar, cargar, correr, agacharse y adaptarse al entorno eran acciones cotidianas. Hoy, en contraste, el sedentarismo se ha normalizado y se ha convertido en uno de los principales factores de deterioro de la salud moderna, actuando de forma silenciosa pero profunda sobre el organismo.
Permanecer largas horas sentados y reducir el movimiento diario tiene consecuencias que van mucho más allá de los músculos o las articulaciones. Cuando el cuerpo no se mueve lo suficiente, las células reciben menos oxígeno, la circulación sanguínea se vuelve más lenta y el metabolismo se altera. Este escenario favorece el aumento del estrés oxidativo y la inflamación crónica, dos procesos directamente relacionados con el envejecimiento celular acelerado. En términos simples, el cuerpo empieza a envejecer antes de tiempo.
La falta de movimiento también impacta de manera directa al cerebro. Numerosas investigaciones han vinculado el sedentarismo con un mayor riesgo de enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer, así como con un aumento en la probabilidad de sufrir accidentes cerebrovasculares y otros trastornos degenerativos.



