¿Qué le sucede a nuestro cuerpo cuando viajamos en avió

Por Lcda. María M. Santiago Reyes

Pasada Presidenta del Colegio de Químicos de Puerto Rico

Llega el verano y muchas personas aprovechan la temporada para viajar, compartir con sus familias y visitar destinos soñados. Sin embargo, cuando abordamos un avión, nuestra atención suele estar puesta en el lugar que visitaremos. Pensamos en las vacaciones que nos esperan, en una reunión importante, en visitar familiares o simplemente en la emoción de conocer un destino nuevo.

Mientras miramos las nubes por la ventanilla o esperamos que sirvan una bebida, nuestro cuerpo realiza un trabajo silencioso y constante para adaptarse a un entorno muy diferente al que experimentamos en tierra.

Aunque volar es una de las formas de transporte más seguras que existen, nuestro cuerpo atraviesa una serie de cambios físicos y químicos durante el trayecto. La mayoría son temporales y pasan desapercibidos, pero comprenderlos nos ayuda a viajar de forma más cómoda y saludable.

Uno de los principales ajustes que ocurre es debido a la altitud. Aunque la cabina del avión está presurizada para que podamos respirar con normalidad, las condiciones no son exactamente iguales a las que existen al nivel del mar. En términos sencillos, el cuerpo recibe una cantidad menor de oxígeno. Para la mayoría de las personas esto no representa un problema, pero algunas pueden experimentar cansancio, somnolencia, dolor de cabeza leve o dificultad para concentrarse, especialmente durante vuelos prolongados.

Otro efecto frecuente es la deshidratación. Quienes viajan con frecuencia suelen notar que durante el vuelo los labios se les resecan, la garganta se siente áspera o los ojos se irritan con facilidad. Esto ocurre porque el aire dentro de la cabina contiene muy poca humedad. A medida que transcurren las horas, el cuerpo pierde agua más rápido de lo habitual a través de la respiración y la piel, lo que puede contribuir a una sensación general de fatiga.

También es común sentir presión en los oídos o cierta hinchazón en el área abdominal. La explicación se encuentra en principios básicos de la física: los gases se expanden cuando cambia la presión. Por ello, algunas personas experimentan incomodidad digestiva o sensación de inflamación mientras permanecen en el aire.

A esto se le añade el hecho de permanecer sentados durante largos períodos. La falta de movimiento puede disminuir la circulación sanguínea en las piernas, provocando pesadez, adormecimiento o inflamación. Por esta razón, se recomienda levantarse ocasionalmente, caminar por el pasillo y realizar ejercicios sencillos de estiramiento durante los vuelos de mayor duración.

Cuando el viaje implica cruzar varias zonas de distintos horarios, entra en juego otro factor importante: nuestro reloj biológico. El cerebro regula los ciclos de sueño mediante sustancias como la melatonina, una hormona estrechamente relacionada con la luz natural. Al cambiar rápidamente de horario, este delicado sistema se desajusta temporalmente, dando origen al conocido “jet lag”. Como consecuencia, pueden presentarse dificultades para dormir, cansancio durante el día, irritabilidad o una sensación de desorientación que puede prolongarse durante varios días.

Además, aunque viajar suele asociarse con experiencias positivas, no deja de ser una situación que genera cierto nivel de estrés. Llegar al aeropuerto a tiempo, pasar por los controles de seguridad, realizar conexiones o simplemente alterar la rutina diaria puede aumentar la producción de hormonas como el cortisol y la adrenalina. Estas sustancias preparan al organismo para responder a momentos de tensión, pero también pueden contribuir al agotamiento físico y mental.

La buena noticia es que pequeñas medidas pueden hacer una gran diferencia. Dormir adecuadamente la noche anterior al viaje, mantenerse hidratado, moderar el consumo de alcohol y cafeína, moverse con frecuencia durante el vuelo y descansar al llegar al destino final, son prácticas sencillas que ayudan al cuerpo a adaptarse mejor.

Al final, viajar implica mucho más que desplazarse de un punto a otro en el mapa. Cada vuelo representa un proceso de adaptación en el que participan nuestros pulmones, el sistema circulatorio, el cerebro y numerosos mecanismos químicos que trabajan de manera coordinada para mantener el equilibrio interno.

La próxima vez que contemple las nubes desde la ventanilla, recuerde que, mientras disfruta del viaje, su cuerpo también está realizando un extraordinario recorrido de adaptación. Comprender estos cambios nos permite valorar aún más la complejidad del organismo humano y adoptar hábitos que contribuyan a una experiencia de vuelo más saludable y placentera.

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