A pesar de las campañas y tecnologías amigables, la falta de normas obligatorias para la iluminación costera mantiene en riesgo uno de los principales lugares de anidación de estas especies en el Caribe.
Por Yorleny Quesada Castillo | Centro de Periodismo Investigativo
La noche cae sobre Eagle Beach, una de las playas más emblemáticas de Aruba. Bajo la luz de la luna, una cría de tortuga marina avanza en dirección opuesta al mar, atraída por el resplandor de las luces de los hoteles. Al amanecer, voluntarios de la Fundación Turtugaruba encuentran varias crías muertas en la arena. No es un evento aislado; hay informes de casos similares en otras playas de Aruba como Baby Beach y Arashi.
Ubicada frente a la costa norte de Venezuela, Aruba se ha convertido en un refugio de anidación para cuatro especies de tortugas marinas del Caribe: tinglar (laúd o driekiel, como se le conoce aquí), verde, carey y caguama. Pero el crecimiento urbano y turístico sobre la franja costera también ha traído un aumento de la contaminación lumínica, una problemática que, según especialistas ambientales, interfiere en los procesos de anidación y supervivencia de estas especies.
Aunque para muchos visitantes de la playa resulta imperceptible, la luz artificial costera interfiere con procesos biológicos esenciales. Las tortugas hembras adultas utilizan señales naturales, como la oscuridad del horizonte marino, para seleccionar sus sitios de anidar en la arena. Las crías, por su parte, emergen del nido de noche y se orientan siguiendo el reflejo natural del cielo en el mar. La iluminación artificial altera ambos comportamientos. Aunque existen campañas de concientización, acuerdos voluntarios y proyectos piloto de iluminación “amigable”, Aruba carece de una regulación obligatoria que limite el brillo visible desde las playas durante la temporada de anidación.

Gráfico: Imagen satelital del aumento en la intensidad de luz artificial en Aruba
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Pero la iluminación artificial es solo una de las amenazas para las tortugas marinas en Aruba. La pérdida de hábitat por construcciones costeras, la presencia de muros y barreras físicas, el aumento del turismo nocturno, los deportes acuáticos y la contaminación marina —incluido el vertido de aguas residuales— también agravan la presión sobre estas especies.
La ecologista Oriana Wouters advierte que “el principal problema es acumulativo: menos playa disponible, más obstáculos físicos y más actividad humana reducen las posibilidades de anidación, incluso en ausencia de luz intensa”.
En la misma línea, el director del Departamento de Naturaleza y Medio Ambiente (DNM) de Aruba, Gisbert Boekhoudt, confirmó que “muchas playas ya no ofrecen condiciones mínimas para las tortugas, no solo por la iluminación, sino por la transformación física del litoral”. Boekhoudt explicó que el DNM forma parte de un grupo interagencial que trabaja en una política de manejo costero para Aruba. Ese proceso, dijo, podría servir de base para un documento legal que incluya normas de construcción en la zona costera. Dentro de ese grupo, el DNM se enfoca en asuntos relacionados con la protección de la naturaleza, aseguró.
Rafael Gianni Zurita, investigador venezolano y uno de los principales identificadores de tortugas marinas a nivel mundial en la plataforma iNaturalist, señala que la situación de Aruba no es excepcional en la región.
“En muchos países del Caribe y América Latina no existen programas sistemáticos de adecuación de luminarias en la costa; la diferencia es que algunos han comenzado a regularlo”, afirma. Según Gianni Zurita, la experiencia regional demuestra que “las recomendaciones técnicas funcionan solo cuando están acompañadas de regulación y seguimiento”. Subraya también que “los países que muestran mejores resultados son aquellos que combinan regulación, monitoreo y educación”, porque, a su juicio, las recomendaciones técnicas por sí solas rara vez generan cambios duraderos.
En islas caribeñas y en países como Tailandia, Cabo Verde y Guatemala, los proyectos de protección de tortugas marinas combinan el seguimiento científico, la implicación de las comunidades locales y normativas legales que permiten apagar o modificar la iluminación durante los meses de anidación.
Por ejemplo, en las islas de Curazao y Bonaire hay entidades que se dedican tanto a educar como a monitorear, y se encargan de asegurar el cumplimiento de las regulaciones establecidas.
Datos locales: nidos en descenso
Cada año, alrededor de 30 voluntarios recorren diariamente unos 16 kilómetros del litoral para vigilar los nidos de tortugas marinas en la isla, según Richard van der Wal, representante de la Fundación Turtugaruba —una organización activa en Aruba desde 2003 y afiliada a la Wider Caribbean Sea Turtle Conservation Network (WIDECAST)—. Este patrullaje sistemático se realiza en colaboración con la Patrulla de Seguridad del Turismo de Aruba, una iniciativa no gubernamental que ayuda a identificar nidos y colabora activamente en la protección de los huevos y las crías.
Según la Fundación Turtugaruba, en la costa oeste de Aruba se reportaron 72 nidos de tinglar en 2008. El tinglar (nombre científico: Dermochelys coriacea) es la especie más grande de las siete tortugas marinas del mundo. Las tortugas marinas existen desde hace más de 100 millones de años, pero actualmente están en peligro de extinción.
El tinglar no vive en el Mar Caribe, sino en aguas frías de la parte norte del océano Atlántico. Cada dos a cuatro años, las hembras regresan al Mar Caribe para poner huevos en la playa donde nacieron. No solo ponen un nido por temporada, sino que cada ocho a 12 días ponen uno, para un promedio de siete nidos. Luego se quedan nadando en el mar alrededor de Aruba hasta que estén listas con su último nido.
“Entre 2007 y 2024 hubo un promedio de entre 110 a 130 nidos por año alrededor de la isla, incluyendo las cuatro especies [tinglar, verde, carey y caguama]. Ese año [2007] todavía veíamos una presencia constante de hembras en varias playas de la costa oeste”, recuerda Van der Wal. En 2024, la cifra disminuyó a 27 nidos, mientras que las cifras de la fundación reflejan 19 nidos en 2025 y cuatro en 2026.
Van der Wal atribuye esta disminución sostenida al aumento de la luz artificial, que desorienta a las hembras y a las crías, altera los sitios de anidación e incrementa la mortalidad. “Cada nueva luz visible desde la playa aumenta el riesgo de fracaso reproductivo”, advierte. “La luz cambia por completo su comportamiento [el de las tortugas]: algunas hembras abandonan la playa sin anidar y muchas crías nunca llegan al mar”, explica.
El problema no se limita a las zonas hoteleras, dice. También es evidente en el Parque Nacional Arikok, un área protegida. “Existe la idea de que solo los grandes resorts generan impacto, pero incluso pequeñas fuentes de luz mal orientadas pueden causar desorientación”, señala Van der Wal. En Baby Beach, al sureste de Aruba, la reciente instalación de farolas en el estacionamiento provocó la muerte de crías desorientadas. Cerca de Fisherman’s Hut, en la zona noroeste, varias tortugas han sido atropelladas en años anteriores tras desviarse de su ruta natural por el brillo nocturno.
Para mitigar los impactos, Turtugaruba coordinó acciones puntuales con autoridades y hospederías, como el JOIA Aruba by Iberostar y Bucuti & Tara Beach Resort, para reducir la iluminación, cercar los nidos e instalar muros que ayuden a guiar a las crías hacia el mar. “Son soluciones parciales. Funcionan localmente, pero no corrigen el problema de fondo”, señala Van der Wal.

En 2024, la compañía eléctrica de Aruba, N.V. ELMAR, instaló las primeras luces amigables para las tortugas en colaboración con la policía y organizaciones ambientales.
Audrey Croes, portavoz de la empresa, explicó que “ELMAR lleva más de 20 años trabajando junto a Turtugaruba para gestionar las farolas de la calle durante la temporada de [anidación de] tortugas, que va de marzo a septiembre, incluso en noviembre. ELMAR reduce la iluminación en las zonas donde se detectan nidos”.
Como resultado de esta iniciativa, se observó que las tortugas respondieron positivamente, colocando sus nidos en el área intervenida. Según el representante de Turtugaruba, este hecho resulta especialmente interesante porque se corrobora que el proyecto tuvo su impacto, lo que se refleja en un aumento de nidos.
“En Aruba existen farolas y luminarias instaladas sin un propósito concreto, empleadas únicamente con fines decorativos y no funcionales. Gran parte de la luz se proyecta hacia el cielo sin aportar ningún beneficio, pero sí en perjuicio, especialmente, de la fauna”, señala Van der Wal. “La actividad turística tiene un impacto claro en las tortugas marinas. El ruido, así como los destellos de las cámaras y los reflejos de luz, provoca que los animales se asusten y terminen por abandonar la playa”, añade.
Van der Wal agrega también que “las temporadas de anidación son cada vez más impredecibles debido a las marejadas y los cambios de temperatura”, lo cual coincide con las advertencias de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) sobre el impacto del aumento de la temperatura y de los eventos extremos en la incubación y la supervivencia de las tortugas. Para ilustrar esta situación, en 2025, la Fundación Turtugaruba registró que un nido de tortuga carey solo produjo una cría viva tras un fuerte oleaje.
Luces, ciencia y debate
La contaminación lumínica costera es una de las principales amenazas para las tortugas marinas en el Caribe. Se define como la introducción de luz artificial en zonas donde no es necesaria. WIDECAST destaca que es una amenaza relativamente fácil de manejar si se aplican buenas prácticas. No es obligatorio eliminar toda la luz, sino impedir que la fuente o su resplandor sea visible desde la playa durante la temporada de anidación y eclosión (momento en que una cría ya sea de aves, reptiles, insectos o peces rompe el huevo o capullo para nacer).
En su guía de buenas prácticas, la organización compuesta por expertos de diferentes partes del Caribe, recomienda: usar fuentes de luz de onda larga y baja intensidad (priorizando sodio de baja presión), bajar la altura de las luminarias, emplear artefactos direccionales y pantallas, instalar sensores de movimiento y eliminar luces innecesarias o decorativas.
WIDECAST propone, además, restricciones en horarios y zonas, cortinas opacas (que no dejan pasar mucha claridad) y cristales de ventana con tintados en los edificios frente al mar, así como barreras de vegetación nativa entre las construcciones y la playa. Los nuevos proyectos hoteleros, sugieren, deberían incorporar estos criterios desde el diseño y los existentes deberían realizar inspecciones de nidos diurnas y nocturnas anuales. Finalmente, WIDECAST impulsa la adopción de normas o regulaciones nacionales de “iluminación amigable con tortugas marinas” para estandarizar y hacer exigibles estas medidas.
No obstante, datos publicados en la página web de la organización DarkSky indican que ninguna luz artificial es completamente inocua: incluso luminarias de color ámbar o rojo pueden causar alteraciones si son intensas, están elevadas o generan resplandor difuso, como se le conoce al brillo artificial que ilumina el cielo nocturno cuando la luz de ciudades y edificios se dispersa en la atmósfera. Por ello, los especialistas en el tema como WIDECAST también señalan que la eficacia depende de un conjunto de factores técnicos —intensidad, altura, dirección, blindaje y horario de uso— y no solo del color de la bombilla.
“Los turistas, de Estados Unidos, por ejemplo, no comprenden por qué Aruba se está quedando atrás en este tema, ya que ellos tienen casos en su país, por ejemplo en Florida, donde este problema es manejado en una forma más eficiente”, remarca Richard van der Wal.
Otro factor determinante, a juicio de la ecologista marina Oriana Wouters, es la pérdida de espacio disponible para anidar debido a muros y construcciones costeras.
“Estamos reduciendo el margen físico de las playas. Incluso si apagamos todas las luces, muchas tortugas ya no podrían acceder a zonas adecuadas para anidar”, explica.
“En algunas playas muy iluminadas todavía se registran nidos; el problema creciente es que las tortugas ya no encuentran espacio físico para subir”, sostiene Wouters, quien calificó como llamativa la ausencia de una regulación específica en Aruba para cumplir estrictamente durante los nueve meses de temporada de anidación de las tortugas.
Comparación dentro y fuera de la región
En Puerto Rico, la contaminación lumínica también amenaza la anidación de tortugas marinas, especialmente en playas urbanas y turísticas de San Juan como Ocean Park y Condado, donde las luces blancas de edificios, negocios y residencias pueden desorientar a hembras y crías.
A diferencia de Aruba, Puerto Rico cuenta con la Ley para el Control y la Prevención de la Contaminación Lumínica, que incluye áreas especiales en las playas utilizadas por tortugas marinas. Sin embargo, autoridades ambientales y organizaciones dedicadas a la protección del tinglar, como 7 Quillas, han señalado la necesidad de sustituir las luces blancas por luminarias ámbar, anaranjadas o rojas, menos perjudiciales para estas especies.
En esta imagen tomada en la playa de Ocean Park, en Puerto Rico, se aprecia el uso de luces rojas como método para evitar desorientar a las tortugas que llegan a la costa para anidar. Foto por Hilda Benítez | 7 Quillas Grupo Tortugero San Juan
En lugares como el estado de Florida, en Estados Unidos, existen ordenanzas que exigen iluminación compatible con la fauna marina y contemplan mecanismos de fiscalización, lo que ha ayudado a reducir la desorientación de las crías, según Richard van der Wal.
Mientras tanto, en países como Costa Rica, los parques nacionales imponen restricciones estrictas, según el Decreto Ejecutivo para la temporada de anidación de la tortuga baula, al uso de luces durante la anidación. Mientras en Cabo Verde, de acuerdo con el Project Biodiversity o BIOS.CV, en las islas de Sal y Boavista, la regulación de la iluminación y los patrullajes nocturnos han mejorado el éxito de eclosión en playas protegidas.
Turismo, tensiones y fiscalización
El Departamento de Naturaleza y Medio Ambiente de Aruba reconoce la protección legal de las tortugas marinas mediante la Ordenanza de Conservación de la Naturaleza, que prohíbe matarlas, capturarlas, dañarlas, molestarlas o recolectar sus huevos, con sanciones que pueden llegar a dos años de prisión o multas elevadas.
La Ordenanza de Conservación de la Naturaleza (Natuurbeschermingsverordening), junto con el Decreto Marino de Aruba (Marien Milieuverordening Aruba, AB 1980, No. 18), protege estrictamente a estos animales. Está prohibido transportar, vender, importar o exportar cualquier especie de tortuga marina, ya sea viva o muerta, así como el uso de sus caparazones para elaborar artesanías o joyas.
Además, se promueve, en la ordenanza de conservación, mantener una distancia mínima de 10 metros de las tortugas en la playa, no tocarlas ni alimentarlas, evitar luces artificiales cerca de los nidos y no circular con vehículos sobre la arena o las dunas para proteger los nidos.
Boekhoudt destaca que, “por ejemplo, en Tres Trapi y Baby Beach, algunas personas comentan o publican en Facebook que han nadado con tortugas”. Sin embargo, advierte también que esto está prohibido y que puede acarrear multas. Por otro lado, agrega que, “si seguimos perdiendo playas de anidación, el impacto no será reversible a corto plazo. Si no controlamos la luz y el uso turístico, algunas especies de tortugas simplemente dejarán de venir”.

El director del DNM, destacó la existencia de publicaciones como el “Procedimiento operativo estándar sobre iluminación amigable con la fauna” (SOP- Standard Operating Procedure), desarrollado en colaboración entre entidades públicas y privadas, y cuyo objetivo es abordar el impacto de la contaminación lumínica sobre la fauna local. No obstante, el alcance de estos documentos se limita a recomendaciones técnicas y a la recopilación de datos, sin traducirse en disposiciones legales que regulen o restrinjan de manera efectiva la cantidad de luz en zonas ecológicamente vulnerables.
En el sector hotelero, algunos establecimientos han adoptado medidas técnicas, mientras que otros mantienen enfoques divergentes y relaciones tensas con las organizaciones ambientales, lo que dificulta avanzar hacia una estrategia costera unificada.
Jareth Vermeulen, gerente de Alianzas Sostenibles de JOIA Aruba by Iberostar Hotel, explica que Turtugaruba mantiene una estrategia de acercamiento con el sector hotelero para ofrecer cursos y capacitaciones. Sin embargo, Turtugaruban también aboga por evitar la construcción de más hoteles. Por su parte, otra organización local, Aruba Birdlife Conservation, ha optado por establecer alianzas enfocadas en la protección de otras especies en peligro de extinción, como el shoco (búho, símbolo nacional de Aruba) y el prikichi (perico).
Vermeulen confía en que el diálogo y la cooperación seguirán fortaleciéndose en el futuro y se podrá llegar a un punto de equilibrio en cuanto a los aspectos en que hay diferencias de opinión.
En Aruba, algunos grupos de la comunidad impulsan iniciativas para sensibilizar sobre la protección de las tortugas marinas. Destaca el monumento al tinglar en Eagle Beach, obra de Gilbert Senchi, creado para recordar que la playa es un hábitat vital para especies en peligro y no solo un lugar turístico. Foto suministrada | Gilbert Senchi, escultor arubano
Del voluntariado a la política pública
Actualmente, el monitoreo de nidos en Aruba depende únicamente de voluntarios coordinados por Turtugaruba. Estos realizan patrullajes nocturnos, identifican nidos, instalan protecciones y registran datos básicos sobre la eclosión. Si bien este esfuerzo es crucial, especialistas advierten que no puede sustituir una política pública robusta para proteger a las tortugas marinas.
Para Boekhoudt, la falta de datos científicos “limita la capacidad para anticipar impactos y responder de manera preventiva”. Asegura que sin información sistemática, resulta difícil evaluar tendencias, diseñar intervenciones efectivas o medir el impacto real de la contaminación lumínica a largo plazo.
“Se pueden promulgar leyes, pero es imprescindible garantizar que se cumplan”, afirma, por su parte, Nigel Maduro, científico y activista especializado en sostenibilidad en el Caribe. “La fiscalización es tan importante como la norma; de lo contrario, el costo ambiental se traslada a las especies”, añade.
Para Maduro, si no hay vigilancia y monitoreo en la costa, “las normas quedan en el papel”.
“Llevamos ya muchos años luchando y lo que se está haciendo ahora es mitigar el problema de forma que no todas las tortugas mueran, pero esto no es sostenible. Lo que hacemos ahora es ganar tiempo”, advierte, por su parte, Van der Wal. “Sin reglas claras y obligatorias, cada temporada es una carrera contrarreloj. El problema aumenta año tras año y llegará un momento en que ya no estemos nosotros. Lo que se pretende es que las próximas generaciones todavía tengan la opción de decidir qué hacer con la fauna: dejarla morir o protegerla”.
Para el representante de la Fundación Turtugaruba, conciliar turismo y conservación en Aruba es posible, pero exige voluntad política y acciones concretas. Sin un marco legal sólido, las iniciativas dispersas seguirán siendo insuficientes. Van der Wal argumenta que proteger a las tortugas marinas no es solo una cuestión ambiental, sino también una muestra de responsabilidad y coherencia como sociedad. El momento de actuar es ahora, concluye.
Este reportaje es posible gracias a una beca del Instituto de Formación Periodística del CPI.









